domingo, diciembre 17, 2006

Nuevo experimento... Colorantes vegales.

Esto para variar no sé a dónde me va a llevar... se me ha ocurrido empezar a relatar la vida de Paris a través de unos personajes ficticios. Así que será más o menos lo que ha sido el blog hasta ahora pero con un hilo un poco más coherente. Mientras que las historias pasadas simplemente tienen el nexo de París, ahora esto parece que se está convirtiendo en una ficción, pero no os fíes... hay mucha realidad...
Todavía no me creo el relativamente alto número de visitas diarias en esta página y sólo me obliga a ser escribriendo hasta que quizás algún día se apaguen las visitas.
Bueno, aquí empieza va la novedad...

Colorantes vegetales.

Robert es el dueño de un pequeño bar de la Rue Plumet en Paris, en un barrio tranquilo y residencial muy cerca de un parque donde juegan alegres los niños por las tardes. Robert es de origen suizo pero sus raíces alpinas se remontan a la juventud ya que lleva viviendo en Paris casi toda su vida. Una vida que comparte con su mujer italiana Chiara desde hace unas cuantas décadas, ella además prepara las comidas de medio día en el bar y llevan el negocio juntos. Un bar tradicional en el sentido estético y la atmósfera que lo engloba. Un parquet robusto pero desgastado delata la entrada de un cliente rompiendo el silencio y la armonia. Los tintineos de las tazas y los platos al preparar los cafés suenan a campanas melódicas que parecen ir al ritmo del suave pasar de las grandes hojas de los periódicos por los comensales habituales. Son estos que Robert conoce muy bien y siempre cruza unas palabras amistosas y hasta discusiones profundas. Robert es un hombre tranquilo, de principios fuertes pero de fácil convivencia. Sus arrugas en la cara delatan una vida interesante y sus ojos satisfacción personal, la edad le ha enseñado a tener pocas preocupaciones y a vivir feliz con las pequeñas cosas cotidianas. Su mujer se fusiona con él y el bar aportando toda la vitalidad y espontaneidad que los alejan de la rutina y monotonía, consiguiendo un pilar fundamental para Robert y el negocio. El bar constituye una metáfora de su vida en pareja pero ambos lo desconocen, estas cosas es más fáciles verlas desde un asiento de espectador. Unos asientos acolchados marrones que todavía podrían encajar con los años 60 y 70, otras veces sillas de madera cierran pequeñas mesas circulares típicamente parisinas. El toque más peculiar son unos cuantos libros que reposan en una pequeña estantería al fondo, estimulando a cualquiera a alargar el brazo para hojear algunos de ellos o simplemente para favorecer una cierta abstracción y la tranquilidad en el lugar. Al fin y al cabo nuestro personaje es un intelectual, la curiosidad le mantiene vivo a pesar de la edad y le impregna de un aire jovial. Estudió química en Zurich, a pesar de ser originario un pequeño pueblo del cantón francés se lanzó sin problemas a estudiar en alemán persiguiendo sus estímulos indagadores. Hizo también una tesis sobre colorantes vegetales, en los años 60 esto empezaba a tener aplicaciones para la industria textil desarrollando compuestos nuevos. Fueron años intensos en una ciudad pequeña pero viva, la ETH es la universidad que alberga más número de premios Nobel del mundo. Después de la primera guerra mundial se originó el movimiento Dada, dicen en un pequeño café que llamado “Cabaret Voltaire” rodeado de unas pequeña callejuelas con casas que parecen querer juntarse en los tejados. Para Robert, llegar aquí con 18 años desde las montañas fue como el comienzo de la primavera cuando el hielo se convierte en fuertes corrientes de agua que se precipitan hacia los valles, dando vida allá por donde pasa coloreando de verde el paisaje. Estos son los años que recuerda con más nostalgia, fue el descubrimiento de algo grande, estar siempre con los ojos abiertos y no tener tiempo si quiera para pestañear, algo que en el fondo llevaba en el interior pero que allí pudo desarrollar y expresar.
Los giros bruscos de la vida, las locuras juveniles o quizás el destino le trajeron a París y ahora se encuentra cómodo y felizmente instalado con Chiara y su bar. Aquí tuvieron un hijo cuando empezaba la década de los 80, Alain. Desde muy pequeño Robert sacrificó su tiempo y dinero para llevarlo a una escuela de piano, que a él siempre le hubiera gustado tocar. Se enloqueció al descubrir la música de Erik Satie, que conoció leyendo un libro de Tristan Tzara, uno de los fundadores del movimiento Dada y saber que eran amigos. Desde entonces le fascina la música minimalista de Satie, aunque quizás más la idea de saber que creó algo totalmente nuevo precursor del surrealismo, del neo-clasicismo, incluso del dadaísmo y hasta del arte conceptual y corrientes muy contemporáneas. Satie desarrolló toda su creación malviviendo en Paris y Robert se siente orgulloso de vivir aquí también y más aún cuando su hijo le ofrece algunos minutos de música con sus propias manos. Alain también admira a su padre, le ha dotado de unos valores muy humanos y ha sacrificado su vida por él. Tienen una relación de respeto y admiración por el otro. Alain vive… (continuará?)

Etiquetas:


Comentarios:
Hola kiko, soy maite, he pasado unos ratos fenomenales leyendote.
En cierto modo aunque resulte extraño me siento identificada contigo. Hace ya muchos años pasé un año en Canadá, tuve vivencias que aun hoy recuerdo.
Tienes una sensibilidad enorme y una gran capacidad de comunicación. He pasado unos ratos muy agradables leyendote.
No pierdas la ilusión, sigue escribiendo para que sigamos recorfortándonos con tus pensamientos.
Un besito muy fuerte, hasta pronto. Maite.
 
Publicar un comentario

Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]





<< Inicio

This page is powered by Blogger. Isn't yours?

Suscribirse a Comentarios [Atom]