lunes, diciembre 25, 2006
Capítulo 1: Armonía
Mientras seguiré con otros experimentos en este blog...
jueves, diciembre 21, 2006
Alain... Robert...
Alain contesta el mail de su amigo alegrándose por su visita sin evitar recordar los años vividos en la universidad. La noche va cayendo sobre París y también en su pequeño apartamento que sólo cobra vida por las noches al pasarse todo el día fuera de casa. Todo el ajetreo de la capital ya está parado a estas horas. Es una ciudad que tiene pocas horas de descanso, es habitual coger los últimos metros poco antes de la una de la madrugada un día entre semana y encontrarse con bastante gente corriendo para no perderlos. Gente que viene de algún cine, de cenar con algún amigo… de trabajar o de quién sabe que, todos son anónimos y están muy acostumbrados a ni siquiera mirarse los unos a los otros. Sin embargo Alain no se pierde estos pequeños detalles y se queda fijamente mirando a las personas simplemente por curiosidad mientras imagina que vida puede esconder cada mirada o expresión. Alguna cara se le queda grabada y le vienen repentinamente en noches como esta. Por suerte Alain no depende del metro lo que le facilita detenerse en estos pequeños detalles de la multitud las veces que lo utiliza, él se desplaza con una bicicleta holandesa “Gazelle” que le permite ganar mucho tiempo y sentirse totalmente libre. Cuando no hay mucho tráfico le encanta dejarse caer haciendo eses por el Boulevard Saint Michel mientras va mirando como pasan los árboles entre los balcones de hierro forjado en los bellos edificios burgueses en piedra tallada de estilo Haussmaniano.
Esta tarde venía de ver a su padre en el bar, con las persianas ya bajadas porque es la única manera que los dos encuentran intimidad y sólo así le gusta a Alain visitar a su padre en el bar y viceversa. Todavía piensa todo lo que han hablado y por este motivo esta noche sigue reflexivo y sin poder irse a la cama.
- “Alain, no puedes dejarte el trabajo ahora, es una locura… de qué vas a vivir? Estás bien en recursos humanos, te gusta lo que estudiaste y eres bueno.
- Papá tengo un contrato CPE, sabes lo qué significa? Me pueden tirar a la calle en cualquier momento… sólo estoy en prácticas y no tengo nada asegurado después, el maldito ministro Villepin nos está amargando a todos! Yo te digo que cada vez pienso más en acabar con este trabajo rutinario y dedicarme a algo interesante, algo en lo que pueda imprimir mi personalidad, expresarme…
- Pero el qué? No te entiendo hijo, ya sabes que siempre hemos confiado en ti… y que tienes una sensibilidad especial pero estás eligiendo un camino muy difícil, qué vas a hacer? Ni siquiera sabes a lo que te quieres dedicar… no puedes decir que te vas a dedicar al arte en general, te gustan demasiadas cosas. Si no focalizas tu concentración y esfuerzo te quedarás a medias con todo. No lo entiendo, parecías muy convencido cuando estudiabas sociología en la universidad, no puedes hacer ahora un giro tan brusco… te faltaría formación y llegas tarde. Mira tu amigo Tobías…
- siempre metes a Tobías, sabes que no tiene nada que ver conmigo, a mi me costó estudiar la carrera aunque me gustaba mucho, no dejaban de inquietarme otras cosas y si la termine fue en parte por se consecuente conmigo mismo.
A estas mismas horas Robert está en la cama junto a Chiara pero con los ojos totalmente abiertos sin poder dormir, tiene en su pensamiento la conversación con Alain como un globo aerostático suspendido en medio del cielo, sin moverse apenas y sin poder de maniobra… simplemente dejado llevar por el viento, por otras fuerzas que no puede controlar. Esas fuerzas que le vienen te dan adentro, el amor tan fuerte que siente por su hijo que le impiden actuar con la razón. Se arrepiente de lo que le ha dicho, pero ya es demasiado tarde, ahora le viene a la cabeza una película de Adolfo Aristarain que vio en los cines La Latina, que narra la a veces difícil relación entre un padre y un hijo. Federido Lupi le pareció que actúo magistralmente expresando con suma delicadeza su fragilidad ante su hijo enmascarada por rudeza y frialdad cuando está con él. En una escena el padre se derrumba cuando le habla a un amigo sobre su hijo, diciendo que si le pasa algo él se muere, simplemente deja de existir, de ser él. Forma parte de su cuerpo y cualquier cosa que le pase, lo resiente él también. Robert tiene una sensación exactamente igual, y es que ver como crece a tu lado día a día alguien en quien piensas todos los días no es cualquier cosa, conoce todos sus pasos y ha sido él quien le ha marcado un camino de forma muy indirecta.
Etiquetas: colorantes vegetales
martes, diciembre 19, 2006
Alain y Tobías
Alain vive solo, y aunque pasa pocas horas en casa le gusta encontrar silencio cuando llega después de la agitación de la gran capital. Alquila un pequeño apartamento en el barrio número trece pero casi tocando con el quinto. Al ser un sexto piso sin ascensor puede aprovecharse de un precio más razonable por mejor calidad, le encanta subir las escaleras con agilidad y sus 26 años y su buena salud se lo permite. Además desde ahí arriba puede gozar de una buena vista, incluso al fondo se ve la cúpula del Panteón. Por la noche los potentes focos la iluminan para dotarle de aún más majestuosidad, y a Alain le apasiona coincidir con el momento mágico en el que se apaga fundiéndose con la oscuridad, desaparenciendo. Son esas noches que Alain se resiste a terminar el día y disfruta de la tranquilidad de la madrugada, simplemente escuchando música, pensando, leyendo o haciendo cualquier cosa en su ordenador portátil como esta noche.
Acaba de recibir un e-mail de su buen amigo Tobías y le dice que tiene que venir a Paris un par de días por asuntos de trabajo y luego aprovecha el fin de semana para visitarle. Ciertamente hace bastante tiempo que no se ven aunque mantienen un contacto muy frecuente. Se conocieron en la universidad, en Freiburg, una pequeña ciudad alemana repleta de estudiantes. Quizás les unió el hecho de venir de grandes ciudades y acudir una pequeña ciudad de sólo 200.000 habitantes, mientras que lo habitual es salir de los pueblos para ir a la gran ciudad a estudiar. Tobías es alemán y nació en Berlin y al igual que Alain buscaba un poco de aire y salir del gris del cemento para encontrarse con el verde. Aunque de eso se dieron cuenta más tarde, los verdaderos motivos prácticos le llevaron a Alain a encontrar esta ciudad donde se podía vivir por mucho menos dinero que en Paris y podría estudiar sociología que era lo que más le apetecía sin pensar en absoluto en el futuro, sus padres le apoyaron mucho en su decisión.
La amistad entre Alain y Tobías fue creciendo a pesar de sus tantas diferencias… Tobías es un hombre de ciencias, determinado, esquemático, organizado y calculador y no estudió bioquímica por casualidad. Ahora hace su tesis sobre la biología molecular del infarto de miocardio en un centro de investigación asociado al Hospital Charité de Berlin. Sin embargo Alain es alguien que sabe jugar con las emociones, sabe expresar sentimientos y provocarlos en la gente, quizás le estimuló aprender música desde niño o crecer en París, aunque él todavía desconoce sus capacidades. Su mirada de soñador y su aire despreocupado hacen que no pase desapercibido entre la multitud.
Alain contesta el mail de su amigo alegrándose por su visita sin evitar recordar los años vividos en la universidad. La noche va cayendo sobre París y en su pequeño apartamento que sólo cobra vida por las noches al pasarse todo el día fuera de casa. Todo el ajetreo de la capital ya está parado a estas horas.
la historia continúa...
podéis enviar preguntas, comentarios... o lo que sea... la historia puede tomar muchos caminos diferentes... está todo por hacer.
nada tendría sentido si nadie lo leyera.
gracias.
Etiquetas: colorantes vegetales
domingo, diciembre 17, 2006
Nuevo experimento... Colorantes vegales.
Todavía no me creo el relativamente alto número de visitas diarias en esta página y sólo me obliga a ser escribriendo hasta que quizás algún día se apaguen las visitas.
Bueno, aquí empieza va la novedad...
Colorantes vegetales.
Robert es el dueño de un pequeño bar de la Rue Plumet en Paris, en un barrio tranquilo y residencial muy cerca de un parque donde juegan alegres los niños por las tardes. Robert es de origen suizo pero sus raíces alpinas se remontan a la juventud ya que lleva viviendo en Paris casi toda su vida. Una vida que comparte con su mujer italiana Chiara desde hace unas cuantas décadas, ella además prepara las comidas de medio día en el bar y llevan el negocio juntos. Un bar tradicional en el sentido estético y la atmósfera que lo engloba. Un parquet robusto pero desgastado delata la entrada de un cliente rompiendo el silencio y la armonia. Los tintineos de las tazas y los platos al preparar los cafés suenan a campanas melódicas que parecen ir al ritmo del suave pasar de las grandes hojas de los periódicos por los comensales habituales. Son estos que Robert conoce muy bien y siempre cruza unas palabras amistosas y hasta discusiones profundas. Robert es un hombre tranquilo, de principios fuertes pero de fácil convivencia. Sus arrugas en la cara delatan una vida interesante y sus ojos satisfacción personal, la edad le ha enseñado a tener pocas preocupaciones y a vivir feliz con las pequeñas cosas cotidianas. Su mujer se fusiona con él y el bar aportando toda la vitalidad y espontaneidad que los alejan de la rutina y monotonía, consiguiendo un pilar fundamental para Robert y el negocio. El bar constituye una metáfora de su vida en pareja pero ambos lo desconocen, estas cosas es más fáciles verlas desde un asiento de espectador. Unos asientos acolchados marrones que todavía podrían encajar con los años 60 y 70, otras veces sillas de madera cierran pequeñas mesas circulares típicamente parisinas. El toque más peculiar son unos cuantos libros que reposan en una pequeña estantería al fondo, estimulando a cualquiera a alargar el brazo para hojear algunos de ellos o simplemente para favorecer una cierta abstracción y la tranquilidad en el lugar. Al fin y al cabo nuestro personaje es un intelectual, la curiosidad le mantiene vivo a pesar de la edad y le impregna de un aire jovial. Estudió química en Zurich, a pesar de ser originario un pequeño pueblo del cantón francés se lanzó sin problemas a estudiar en alemán persiguiendo sus estímulos indagadores. Hizo también una tesis sobre colorantes vegetales, en los años 60 esto empezaba a tener aplicaciones para la industria textil desarrollando compuestos nuevos. Fueron años intensos en una ciudad pequeña pero viva, la ETH es la universidad que alberga más número de premios Nobel del mundo. Después de la primera guerra mundial se originó el movimiento Dada, dicen en un pequeño café que llamado “Cabaret Voltaire” rodeado de unas pequeña callejuelas con casas que parecen querer juntarse en los tejados. Para Robert, llegar aquí con 18 años desde las montañas fue como el comienzo de la primavera cuando el hielo se convierte en fuertes corrientes de agua que se precipitan hacia los valles, dando vida allá por donde pasa coloreando de verde el paisaje. Estos son los años que recuerda con más nostalgia, fue el descubrimiento de algo grande, estar siempre con los ojos abiertos y no tener tiempo si quiera para pestañear, algo que en el fondo llevaba en el interior pero que allí pudo desarrollar y expresar.
Los giros bruscos de la vida, las locuras juveniles o quizás el destino le trajeron a París y ahora se encuentra cómodo y felizmente instalado con Chiara y su bar. Aquí tuvieron un hijo cuando empezaba la década de los 80, Alain. Desde muy pequeño Robert sacrificó su tiempo y dinero para llevarlo a una escuela de piano, que a él siempre le hubiera gustado tocar. Se enloqueció al descubrir la música de Erik Satie, que conoció leyendo un libro de Tristan Tzara, uno de los fundadores del movimiento Dada y saber que eran amigos. Desde entonces le fascina la música minimalista de Satie, aunque quizás más la idea de saber que creó algo totalmente nuevo precursor del surrealismo, del neo-clasicismo, incluso del dadaísmo y hasta del arte conceptual y corrientes muy contemporáneas. Satie desarrolló toda su creación malviviendo en Paris y Robert se siente orgulloso de vivir aquí también y más aún cuando su hijo le ofrece algunos minutos de música con sus propias manos. Alain también admira a su padre, le ha dotado de unos valores muy humanos y ha sacrificado su vida por él. Tienen una relación de respeto y admiración por el otro. Alain vive… (continuará?)
Etiquetas: colorantes vegetales
viernes, diciembre 15, 2006
Pequeños momentos
Y el poder de las imágenes sin imágenes...
como...
El ruido de las ligeras olas chocando con los muelles del Sena en un día de viento.
El traqueteo de una bicicleta al atravesar una calle adoquinada.
Abrir violentamente las barreras de salida del metro.
El humo que sale de algunas chimineas de algunos edicios antiguos, se dispersa... y muere para dejar nacer al que le empuja por detrás.
Subir unos escalones de madera en unas escaleras estrechas que te encierran y te guían hasta atraparte.
Mirar a través de una ventana cuadriculada... si los cristales son antíguos se distorsiona la realidad y las formas se vuelven mágicas.
Un barco cochambroso y misterioso amarrado en el río, no parece poder navegar pero está en el agua.
La Tour Eiffel sucumbida por la intensa niebla, a veces se puede perder totalmente la visión de ella, como un niño jugando al escondite.
Un viejo en un banco solitario mirando hacia ninguna parte.
El olor cálido de un mercado de libros de ocasión una mañana fría de domingo. Aunque si lo que atraviesas es un mercado de puestos de comida tradicional, las fragancias te llevan a los instintos más primarios.
Un pequeño “bistro” de barrio con aire curtido, detrás de la barra un hombre mayor que lo tiene todo menos inocencia.
Mucha gente enterrándose simultáneamente en una boca de metro... la tierras se los traga.
Una chica joven tocando el violín debajo de un puente con un sombrero a sus pies, su sonrisa soñadora le delata.
Y tantas y tantas situaciones más...
todo esto había que leerlo con los ojos cerrados.... ¿¿¿???
miércoles, diciembre 13, 2006
Le jardin de Luxembourg.
Las frías sillas de metal están solitarias y repartidas como hojas secas caídas al suelo esperando a que alguien se siente en ellas. Son unas sillas de color verde claro donde te puedes dormirte en el cómodo e inclinado respaldo… parecen totalmente pensadas para atraparte y perder la noción del tiempo. Sólo eres consciente de él porque el sol cae con todo su peso sin que se pueda parar y los tímidos rayos de sol que llegan hasta mi se hielan nada más tocar mi cara… cada vez más. Los árboles ya parecen haberse rendido, sus hojas se han suicidado y yacen tendidas en el suelo sin esperanza dejándose llevar sin resistencia por el viento imperante. Los mismos árboles están entonces desnudos, enseñándonos sus debilidades, su esqueleto… y las ramas negras caídas tienen formas melancólicas, simplemente esperando mejores tiempos.
Las estatuas de piedra que habitan el parque están frías, mientras que con el buen tiempo parecen sonreír y agitarse, ahora cabizbajas, no se atreven a mirar al frente por miedo a no encontrar a nadie. Ni los pájaros se atreven a posarse sobre ellas, pájaros que ya no cantan ni vuelan. Se escoden en las desnudas ramas sin éxito y pasan el día agrupados para evitar el frío, o más bien diría que se acompañan unos a otros para contarse los buenos tiempos vividos del verano.
En el parque hay un palacio del siglo XVII que es la actual sede del Senado y parece “gobernar” todo el parque captando todo el centro de atención, sin embargo la verdadera reina es la Tour Eiffel “dibujada” en el fondo, observando sin parar todo lo que ocurre como una madre. Esta vez pintada de color negro muy intenso, no hay que fiarse… me refiero al color, yo creo que hay pintores que trabajan todas las noches para cambiarla de color cada día. Bueno todo depende desde donde se mire o más bien de los ojos con los que se mire. En cualquier caso desde el Jardin de Luxembourg se tiene una buena visión maternal de ella.
Este rincón tan popular en Paris tiene a su vez cientos de rincones y vertientes y hasta en invierno se puede pasar un muy buen rato simplemente observando o contemplando la tímida vida de un frío parque.
Por cierto gracias al lector incondicional que pierde unos minutos de su tiempo para perderse entre estas líneas. Al principio estaba muy motivado con escribir, ahora la falta de tiempo y la conversión progresiva a la rutina me lo impide. Pero intento no guiarme por esta fastidiosa religión de la rutina y es una buena “obligación” ofrecer algo nuevo cuando alguien abre esta página. Algo “IMPREVU”... 7 letras solitarias y coloridas… que al juntarse resplandecen como un arco-iris. Al menos para el que sea capaz de descodificar los mensajes ocultos que siempre hay entre líneas.
domingo, diciembre 10, 2006
Sobre luces.
Estos si que no tienen luces...
jueves, diciembre 07, 2006
La ciudad estrella sin estrellas
Apenas he podido contar cuatro o cinco estrellas en la noche, tanta aglomeración de población, 11 millones en Île de France y cada uno con su necesidad de luz impiden observar el cielo en la noche. En estos días que nos acercamos al invierno, la noche aplasta al día pero no puede brillar con todo su esplendor porque le han quitado las estrellas. El ayuntamiento de París anunció hace unas semanas una rebaja en el consumo de iluminación pública, sin duda una buena medida en la ciudad de las luces.
Afortunadamente al ser París una ciudad con muchos espacios abiertos, un gran río poético y con una limitación en la altura de los edificios, no te hace sentir encerrado. Sin embargo sigue siendo una capital, y como tal, el intercambio humano se engrosa y enriquece pero eso mismo se puede convertir paradójicamente en inhumano. Nos hará el exceso de gente insensibles a la gente? A pesar de la evolución cultural pienso que nuestros instintos siguen siendo correr tras un animal con una lanza, comer una fruta de un árbol o bañarse en un río, es decir que dependemos del contacto con la naturaleza como una fuente de inspiración vital. Son sensaciones orgánicas básicas que son difíciles de encontrar en una gran ciudad, como ver las estrellas en una noche oscura. No sé hasta dónde vamos a llegar con las ciudades, pero ejemplos con Tokio, Méjico DF, Nueva York… asustan. En cualquier caso París está estable ya que hay muchas medidas de conservación de la estética de antaño, y paseando por muchos barrios parecería estar en medio de un pueblo.
Una última idea… quien no haya dormido al raso en una montaña alguna vez, es como creer que los tomates se hacen en el supermercado.
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